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Espíritu y materia del color

Columna de opinión del Rector Ignacio Sánchez, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, publicada en El Mostrador, edición del 19 de septiembre de 2022.

En el Centro de Extensión de la Casa Central UC se ha inaugurado la décimo quinta exposición de la Colección Gandarillas, que hemos denominado “Espíritu y materia del color”. El color es alegría, es vida y visión, en íntima relación con la luz y con las percepciones neurológicas que genera en el ser humano. Y es también un enigma que desde los filósofos griegos ha desafiado el pensamiento. Es un privilegio de la vista, que se expresa en la variada tonalidad de las artes visuales desde la antigüedad más remota, donde el hombre busca capturar los tintes naturales para cubrirse, ornamentar y representar. Ha sido también una forma de relacionarse con la divinidad y lo espiritual.

En esta búsqueda, el arte virreinal del sur andino, especialmente la pintura y la escultura, no son la excepción. Podremos apreciar en esta colección cómo se despliega una rica gama de colores donde predominan los rojos, azules, amarillos, verdes y dorados. Colores que, en su materialidad, eran objeto de un proceso artesanal y personal depositario de una milenaria tradición de saberes no sólo estéticos, sino alquímicos, físicos, geográficos e incluso económicos. Los artistas debían conocer los componentes de cada pigmento, su comportamiento frente a los agentes del medio, las mezclas, los procesos de conservación, la ubicación de materiales naturales o la elaboración de artificiales e incluso sus precios. En esta muestra, hay un trabajo académico interdisciplinario que une al arte, a la historia, al diseño y a la química para comprender esta paleta de colores y su significado.

En la época colonial, cada color tenía un significado positivo y otro negativo, por lo que podía representar una virtud, pero en ciertos contextos y asociaciones con otros colores, un vicio. Por ejemplo, el rojo era el amor de Dios, su sangre derramada para redimir a los hombres, la caridad cristiana, pero a la vez el rojo oscuro, cercano o mezclado al negro, podía referir al infierno y al poder del mal. El color del arte sur andino, podemos inferir, tenía un alto potencial educativo. Con su alta energía comunicacional, el color en aquella época, -en que sólo una parte minoritaria de la población sabía leer y escribir-, permitía tener una imagen de Dios, Cristo o la Virgen María, reconocer a sus santos favoritos y elegir cuando se trataba de clientes, qué particularidades quería usar en la representación cromática de sus devociones preferidas.

Hoy, gracias a la pericia técnica de los artistas de esa época, podemos observar esos mismos colores, mágicamente conservados hasta ahora; aunque quizá ya no nos hablen con la elocuencia visual con que a ellos les hablaron en ese mundo donde la luz era la emanación de Dios, su más preciado símbolo que los hacía participar no sólo del don de la visión, sino de manera especial, del don de la vida. Una vez más, a través de esta gran colección, -que fue fruto del trabajo incesante de Joaquín Gandarillas y que hoy contamos gracias a la generosidad de su familia-, es que hemos preparado esta exposición sobre el espíritu y la materia del color, con lo que hemos querido hacer un aporte a la cultura nacional. La invitación es a apreciar y disfrutar estas maravillosas obras que nos hablan de lo trascendente por medio del color y su simbología.

 

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