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Éticas aplicadas

Columna de opinión del Rector Ignacio Sánchez, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, publicada en El Mostrador, edición del 24 de septiembre.

En la Universidad Católica aspiramos a hacer de la deliberación ética –en la que debe también estar presente la discusión de nuestra propia ética institucional– un hábito y una característica de nuestros estudiantes, académicos, profesionales, personal administrativo y de la comunidad en su conjunto. Queremos además contribuir con investigación interdisciplinaria de alta calidad, que pueda impactar en nuestro país y en la región, generando una plataforma para la discusión de los temas contingentes.

Durante este año hemos implementado un ciclo de conferencias en Éticas Aplicadas, como parte de un proyecto institucional de carácter transversal e interdisciplinario para promover la formación, investigación y vinculación con el medio en relación con temas de ética que son de prioridad en nuestro país y también a nivel internacional. Dentro de los temas se incluyen la pobreza, la gobernanza, la política, los negocios, el cambio climático, la ciencia de datos, los derechos humanos, y las comunicaciones entre otros.

En esta iniciativa –una de nuestras prioridades institucionales–, participa la mayoría de las facultades de la universidad, bajo la conducción de un destacado académico. Con ello, aspiramos a hacer de la deliberación ética –en la que debe también estar presente la discusión de nuestra propia ética institucional– un hábito y una característica de nuestros estudiantes, académicos, profesionales, personal administrativo y de la comunidad en su conjunto. Queremos además contribuir con investigación interdisciplinaria de alta calidad, que pueda impactar en nuestro país y en la región, generando una plataforma para la discusión de los temas contingentes.

En este programa, entre otros, se han abordado temas de ética y de integridad corporativa, aspectos centrales para la sostenibilidad de las empresas. La generación de valor empresarial en el largo plazo está condicionada, de manera relevante, por la adecuada gestión de la ética y la integridad. Ello supone no solo el cumplimiento normativo y evitar los actos ilícitos, sino que se relaciona con la capacidad de la empresa de crear una cultura que sea capaz de entender a la sociedad en la que se desenvuelve y, como consecuencia de ello, promover conductas internas basadas en principios y valores compartidos, especialmente en lo que se refiere a la relación de la empresa con sus grupos de interés, es decir, sus trabajadores, accionistas, proveedores y comunidades, entre otros.

En relación con la sustentabilidad o sostenibilidad corporativa, nos referimos a una gestión empresarial que busca aprovechar las oportunidades derivadas de la identificación de sus impactos ambientales, sociales y económicos, para así generar valor en el largo plazo para sus accionistas y todos sus grupos de interés. Esta visión empresarial representa grandes desafíos, ya que significa comprender los impactos en los ecosistemas y gestionar intereses –a veces contrapuestos–, en una sociedad compleja, fragmentada y con déficit de capital social.

Es importante conocer cómo las empresas modernas están innovando en la identificación y gestión de sus impactos en los ecosistemas ambientales y sociales, de manera de asegurar su viabilidad en el largo plazo. A pesar del desarrollo tecnológico, la manera de abordar los impactos y la relación con el entorno sigue siendo realizada a través del liderazgo y la gestión de personas, mediante la creación de una cultura empresarial basada en una gobernanza que debe tener en su centro el desarrollo social y el respeto por los derechos de las personas. Sin embargo, por diversos motivos, muchas organizaciones han dejado de lado la construcción de culturas de ética e integridad.

La ausencia de una preocupación real por la ética tiene causas profundas, vinculadas algunas con el fenómeno mismo de la modernidad, sin embargo, hay tres aspectos importantes de analizar. El primero de ellos es que durante mucho tiempo se consideró que la ética era un asunto meramente individual, entre el individuo y su conciencia. Sin embargo, recientes investigaciones dan cuenta de que la ética es un asunto colectivo y que, en gran medida, nuestra cultura se corresponde con la de la organización donde nos desempeñamos. Ya desde Aristóteles sabíamos que el ser humano es un “animal político” (zoon politikon) y, en consecuencia, la práctica de la virtud se da de mejor manera en el seno de una comunidad. Por ello es que la empresa que desee ser sostenible necesita generar y mantener una cultura de ética e integridad.

En segundo lugar, como causa general, resulta que muchas empresas también se han dado cuenta de que la maximización de utilidades no puede ser el único motivo por el cual existen. Simplificar su existencia a dicha función de maximización de utilidades supone riesgos relevantes, ya sea porque pueden no gestionar de manera adecuada sus impactos ambientales o sociales, o porque evitan abordar la complejidad global de una empresa. Y, finalmente, la generación de una cultura de ética e integridad comienza –aunque no se agota– en el rol de los altos directivos de la empresa. Corresponde al directorio definir los valores guía de la organización, el modelo de gestión de grupos de interés, y la cultura de ética e integridad. Todo ello mediante procesos colaborativos y con sistemas de gobernanza e incentivos tendientes a su cumplimiento.

La reflexión de los aspectos éticos en la universidad es prioritaria y debe incluir todos los ámbitos en que se desarrolla la institución. La labor formativa, la presencia de estos conceptos en la docencia de todas las carreras, la reflexión profunda y su desarrollo en la investigación de la universidad son claves para entregar un aporte desde la universidad a la sociedad. La formación de los jóvenes con sólidos conocimientos éticos y el aporte de investigación y nuevo conocimiento en ética aplicada están en el centro de la labor universitaria.

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